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domingo, 15 de marzo de 2026

Destinos Que Transforman • Especial Viajero Dominicano Quito: la ciudad que hay que conocer…

Por Keila González Báez 

A pocas horas de Santo Domingo o de Santiago, hay una ciudad encaramada en los Andes que guarda el centro histórico colonial más imponente de América Latina. Tiene volcanes, templos de oro, leyendas y un aire andino incomparable.

Lo que sus ojos van a vivir cuando el avión empiece a bajar.

Usted despega de Las Américas, deja atrás el Caribe, las planicies verdes de la Hispaniola, el horizonte limpio que se abre al mar…duerme un poco... y cuando el avión empieza a descender sobre Quito, algo pasa que no tiene nombre preciso: el mundo de repente sube. Las montañas no están abajo, están a los lados, y algunas están arriba. El Pichincha —un volcán activo de más de 4.700 metros— aparece en la ventanilla como si alguien lo hubiera puesto ahí para que usted no se durmiera en el aterrizaje.

Para el dominicano que no ha pisado nunca los Andes, el primer contacto con Quito es algo entre deslumbramiento y ligero mareo. La ciudad se asienta a 2.850 metros sobre el nivel del mar, rodeada por un cinturón de colinas y volcanes que la abrazan como un anfiteatro descomunal. El aire es más delgado —usted lo notará en los primeros pasos— y el cielo tiene un azul tan limpio que parece recién estrenado. Un cronista anónimo del siglo XVI ya lo había escrito, asombrado: en Quito, el sol sale y se pone con mucha alegría.

Ese es el primer regalo que Quito le da: la certeza de que el mundo es mucho más grande y más variado de lo que uno suponía. El segundo regalo viene cuando usted llega al centro histórico y descubre que en cada esquina hay una iglesia, en cada plaza hay una historia y en cada piedra hay un cuento. Pero antes de contárselo, hay algo que usted debe saber sobre la capital del Ecuador:

La ciudad que la UNESCO eligió primera: la distinción que lo explica todo

El 8 de septiembre de 1978, la UNESCO hizo su primera gran selección de sitios para la Lista del Patrimonio Mundial. En el mundo entero, eligió solo dos ciudades. Una era Cracovia, la antigua capital de Polonia. La otra era Quito. Junto a las Islas Galápagos, el centro histórico de la capital ecuatoriana se convirtió ese día en el primer conjunto urbano de toda Iberoamérica en ser declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.

¿Por qué Quito? Los expertos de la UNESCO fueron claros: la ciudad poseía el centro histórico mejor conservado y menos alterado de toda América Latina, y una unidad y armonía entre la obra humana y la geografía andina sin equivalente en el continente. Fundada en 1534 sobre las ruinas de una antigua ciudad inca, Quito había sobrevivido terremotos, revoluciones y siglos de historia sin perder el alma de su arquitectura colonial.

Las cifras son difíciles de creer hasta que uno las camina con sus propios pies: el centro histórico ocupa unas 320 hectáreas. En ese espacio conviven alrededor de 5.000 inmuebles patrimoniales inventariados, de los cuales más de 130 son monumentos histórico-artísticos de primer orden. Hay 40 iglesias, 16 conventos y monasterios, 13 plazas, 32 museos y 6 capillas. Por eso Quito ha sido llamada, con toda razón, el claustro de América.

¿Cómo fue posible tanta riqueza en tan poco espacio? La respuesta está en la historia. Cuando Sebastián de Benalcázar fundó la ciudad, la Corona española utilizó la evangelización como herramienta de conquista, lo que se tradujo en la construcción masiva de templos y conventos. Quito tenía además una ventaja única: era la capital política y religiosa de la real Audiencia, lo que concentraba allí el dinero de los encomenderos; estaba al pie del Pichincha, cuyas canteras ofrecían piedra volcánica de altísima calidad; y contaba con artistas indígenas cuyo talento dio origen a la que se considera la mayor escuela de arte colonial de América: la célebre Escuela Quiteña.

Primera parada obligatoria: La Compañía, el templo de oro que lo va a dejar sin palabras

Cuando usted llegue a la Plaza de la Independencia —el corazón del centro histórico— solo tiene que caminar media cuadra para encontrarse de frente con algo que no esperaba: una fachada de piedra volcánica rojiza, labrada desde el suelo hasta la cima con una profusión de columnas salomónicas, santos en sus nichos, medallones, volutas y ornamentos que se acumulan de una manera que podría considerarse excesiva y que, sin embargo, es perfecta. Eso es La Compañía de Jesús. El padre jesuita viajero Bernardo Recio la llamó Ascua de oro. El embajador español Ernesto La Orden la describió, sin exageración posible, como el mejor templo jesuítico del mundo.

Los jesuitas llegaron a Quito en 1586 y comenzaron a edificar su templo en 1605. Tardaron 160 años en terminarlo —sí, 160 años; y en ese proceso se fueron superponiendo cuatro estilos arquitectónicos distintos: el mudéjar, el churrigueresco, el neoclásico y el barroco, que es el que domina y le da su carácter inimitable. Esa superposición de siglos y estilos, lejos de crear confusión, genera una riqueza visual que hace de la fachada una obra única en su género.

Pero espere a entrar. El interior es todavía más impresionante. Casi en su totalidad cubierto con láminas de oro, el templo despliega retablos, esculturas, pinturas y ornamentos que hacen de la visita una experiencia casi irreal. En los pilares de la nave cuelgan pinturas monumentales de los profetas y los reyes de Judá, obra de Nicolás Javier Goríbar, discípulo del gran maestro Miguel de Santiago. La luz entra filtrada por los vitrales, rebota en el oro de los muros y crea esa atmósfera que lo ha hecho famoso también como el Templo de Salomón de América del Sur. No se olvide de alzar la vista: el techo es, por sí solo, un viaje.

Consejo práctico: llegue temprano, cuando el templo abre, antes de que se llene de grupos. Párese frente a la fachada, cierre los ojos un instante y ábralos de golpe. El efecto es el que buscaban sus constructores: la impresión de que el cielo ha bajado a la tierra.

El Convento de San Francisco: una ciudad dentro de la ciudad

A pocas cuadras de La Compañía, en la plaza que lleva su nombre, usted se encontrará ante el conjunto arquitectónico colonial de mayor dimensión de toda América. El Convento de San Francisco ha sido llamado el Escorial del Nuevo Mundo, y no es hipérbole: sobre tres hectáreas y media de superficie —el equivalente a varias manzanas del centro capitalino—se levantan trece claustros, tres iglesias y un gran atrio, sumando en total unos cuarenta mil metros cuadrados de edificación. Es, literalmente, una ciudad dentro de la ciudad.


El terreno donde se asienta fue, antes de la conquista española, el palacio real del Inca Huayna Cápac. El Cabildo de Quito lo asignó a los franciscanos desde los primeros días de la fundación de la ciudad, en 1534, y la construcción comenzó apenas un año después. El impulsor fue fray Jodoco Ricke de Marselaer, un fraile flamenco de talento excepcional que no solo dirigió la edificación del convento, sino que fundó el primer colegio de artes del continente americano: el Colegio de San Andrés, donde indígenas aprendieron a pintar, esculpir, leer, escribir y a tocar instrumentos. De ese colegio nació la Escuela Quiteña.

Hoy el convento alberga más de 3.500 obras de arte colonial y funciona como uno de los museos vivientes más extraordinarios del continente. El historiador José María Vargas, en su obra El Arte Ecuatoriano —texto fundamental de la historia cultural del Ecuador, disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes— describe con precisión cómo el complejo franciscano se convirtió en el centro neurálgico de la producción artística colonial de toda la Audiencia de Quito.

Cuando suba la escalera cóncavoconvexa que comunica la plaza con el atrio —considerada por sí sola una de las obras arquitectónicas más importantes de la América colonial— deténgase un momento. Mire el atrio. Esas piedras grises y silenciosas tienen un secreto que le vamos a contar ahora.

La leyenda de Cantuña: el indígena le ganó al mismísimo diablo

Ese atrio que usted está mirando es el escenario de la primera leyenda del Ecuador, una historia que lleva cinco siglos pasando de boca en boca y que dice más sobre el alma del pueblo ecuatoriano que muchos libros de historia.


Cuenta la tradición que en tiempos coloniales, los padres franciscanos encargaron a un indígena llamado Francisco Cantuña la construcción del gran atrio. La condición era inflexible: obra terminada en seis meses o la cárcel. Cantuña aceptó, puso a trabajar a sus hombres, pero a medida que el plazo se acercaba era evidente que la obra no estaría lista. La víspera del vencimiento, desesperado, Cantuña fue al atrio en la oscuridad de la noche e invocó al que no debía invocar: se le apareció el diablo.

El trato fue brutal y sencillo: Lucifer y un ejército de diablos terminarían la construcción antes del amanecer a cambio del alma de Cantuña. El indígena aceptó, pero impuso una condición: que todas y cada una de las piedras fueran colocadas en su lugar. Los diablos trabajaron con velocidad sobrenatural. Al alba, el atrio estaba (casi) terminado. Fue entonces cuando Cantuña señaló que faltaba una piedra (que él había escondido), una sola piedra.

"El trato fue incumplido", le dijo al diablo con voz firme. "Me prometiste colocar hasta la última piedra, y falta una." Lucifer, humillado y furioso, regresó al infierno sin llevarse lo que vino a buscar. Cantuña salvó su alma con una sola (y gracias a su viveza).

Los guías turísticos del convento le mostrarán, en el atrio, el lugar donde esa piedra debería estar y no está. Búsquelo usted mismo cuando visite San Francisco. Búsquelo con calma, con ojos bien abiertos. Y cuando lo encuentre, piense en Cantuña: en ese indígena quiteño que en el siglo XVII demostró que el ingenio del débil puede más que el poder del más fuerte. Eso también es Quito.

El Cristo de la Agonía: el cuadro más perturbador de la pintura colonial americana

Quito no solo invita a contemplar belleza. También invita a adentrarse en sus sombras, y las sombras de la Escuela Quiteña tienen un nombre: Miguel de Santiago. Nacido alrededor de 1620, nieto de indios, hijo de mestizos, autodidacta de talento descomunal, Miguel de Santiago fue el pintor más grande que produjo la América española del siglo XVII. Sus obras decoran las principales iglesias de Quito y el convento de San Agustín, y su influencia sobre los artistas que vinieron después es inconmensurable.

Pero a su nombre se asocia también la leyenda más oscura y fascinante de la pintura colonial: la del Cristo de la Agonía. Cuenta la tradición que el maestro, obsesionado con plasmar sobre el lienzo la verdadera expresión del sufrimiento de Cristo, hizo posar a uno de sus jóvenes discípulos atado a una cruz de madera. El muchacho no lograba proyectar el dolor que el maestro buscaba, por lo que, en un arrebato de locura creativa, Miguel de Santiago tomó una lanza y atravesó el costado del joven. El discípulo murió. El cuadro quedó terminado. Era, según quienes lo contemplaron, la obra más perfecta que pincel alguno había producido en las Indias.

Acusado de homicidio, Miguel de Santiago se refugió durante largo tiempo en el Convento de San Agustín. Fue absuelto gracias al mérito extraordinario de su obra, pero la leyenda añade que aquel fue su último cuadro: el trauma lo persiguió el resto de su vida. Murió el 5 de enero de 1706 y su tumba quedó al pie del altar de San Miguel, en la Capilla del Sagrario.

Hay historiadores que cuestionan la veracidad del relato —investigadores señalan que Miguel de Santiago fue, según los documentos, un hombre próspero y estimado, muy distinto al asesino de la leyenda— y apuntan que la composición del Cristo de la Agonía deriva de un grabado flamenco preexistente. Pero como ocurre con las grandes leyendas, poco importa lo que digan los documentos cuando el relato ya ha echado raíces en la memoria de un pueblo. Lo que no admite discusión es el talento asombroso de un artista que nació sin privilegios y dejó al mundo algunas de las pinturas más memorables de la historia del arte americano. Una versión del Cristo de la Agonía se conserva en Lima. Otras obras de Santiago pueden verse en los museos conventuales de Quito.

¿Y entonces?: … Haga maletas

Ya sabe que Quito está a pocas horas de vuelo desde Santo Domingo o Santiago. Ya sabe que es una ciudad encajonada en los Andes, que tiene el centro histórico colonial más imponente de América Latina, que la UNESCO la eligió Patrimonio de la Humanidad antes que a cualquier otra ciudad de nuestra región, que tiene 40 iglesias y 16 conventos apretados en 320 hectáreas, que uno de sus templos está forrado en oro y que en el atrio del convento más grande del continente hay una piedra que falta desde que un indígena llamado Cantuña la escondió para no perder el alma.

Ya sabe también que hay un cuadro que se llama el Cristo de la Agonía y que detrás de él hay una historia que lo va a seguir pensando cuando regrese a la República Dominicana; ya sabe que el aire de Quito se bebe a sorbos y que el sol de los Andes tiene una calidad distinta, una claridad distinta a la del nivel del mar.

Lo que no sabe todavía —porque esto no se puede explicar, solo se puede vivir— es la sensación de pararse en la Plaza de San Francisco temprano en la mañana -cuando la ciudad todavía está fría, las palomas cruzan el atrio con pereza y las campanas de alguna iglesia suenan en algún lugar del centro histórico- mirar hacia arriba y ver el Pichincha recortado contra ese cielo azul imposible y entiende, de repente, por qué la gente que viene a Quito siempre quiere volver.

Quito lo espera. Y eso, estimado lector dominicano, es una invitación que no debería rechazar. 

DATOS PARA EL VIAJERO | Vuelosdesde Santo Domingo y desde Santiago a través de Panamá y Bogotá. El centro histórico es recorrible a pie. Se recomienda llevar ropa de abrigo ligero para las mañanas andinas (temperatura promedio 14°C). Temporada alta: junio-agosto y diciembre-enero. El ingreso al Convento de San Francisco y La Compañía tiene costo de entrada que se puede adquirir en ventanilla o en línea.

Embajada del Ecuador en la República Dominicana - Fuentes: El Arte Ecuatoriano, José María Vargas O.P. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes / Biblioteca Ecuatoriana Mínima); Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador; Empresa Pública Metropolitana de Gestión de Destino Turístico de Quito; UNESCO / Centro Mundial de Patrimonio.

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