Por Keila González Báez
A pocas horas de Santo Domingo o de Santiago, hay una ciudad encaramada en los Andes que guarda el centro histórico colonial más imponente de América Latina. Tiene volcanes, templos de oro, leyendas y un aire andino incomparable.
Lo
que sus ojos van a vivir cuando el avión empiece a bajar.
Usted despega de Las
Américas, deja atrás el Caribe, las planicies verdes de la Hispaniola, el
horizonte limpio que se abre al mar…duerme un poco... y cuando el avión empieza
a descender sobre Quito, algo pasa que no tiene nombre preciso: el mundo de
repente sube. Las montañas no están abajo, están a los lados, y algunas están
arriba. El Pichincha —un volcán activo de más de 4.700 metros— aparece en la
ventanilla como si alguien lo hubiera puesto ahí para que usted no se durmiera
en el aterrizaje.
Para el dominicano que
no ha pisado nunca los Andes, el primer contacto con Quito es algo entre
deslumbramiento y ligero mareo. La ciudad se asienta a 2.850 metros sobre el
nivel del mar, rodeada por un cinturón de colinas y volcanes que la abrazan
como un anfiteatro descomunal. El aire es más delgado —usted lo notará en los
primeros pasos— y el cielo tiene un azul tan limpio que parece recién
estrenado. Un cronista anónimo del siglo XVI ya lo había escrito, asombrado: en
Quito, el sol sale y se pone con mucha alegría.
Ese es el primer regalo
que Quito le da: la certeza de que el mundo es mucho más grande y más variado
de lo que uno suponía. El segundo regalo viene cuando usted llega al centro
histórico y descubre que en cada esquina hay una iglesia, en cada plaza hay una
historia y en cada piedra hay un cuento. Pero antes de contárselo, hay algo que
usted debe saber sobre la capital del Ecuador:
La
ciudad que la UNESCO eligió primera: la distinción que lo explica todo
El 8 de septiembre de
1978, la UNESCO hizo su primera gran selección de sitios para la Lista del
Patrimonio Mundial. En el mundo entero, eligió solo dos ciudades. Una era
Cracovia, la antigua capital de Polonia. La otra era Quito. Junto a las Islas
Galápagos, el centro histórico de la capital ecuatoriana se convirtió ese día
en el primer conjunto urbano de toda Iberoamérica en ser declarado Patrimonio
Cultural de la Humanidad.
¿Por qué Quito? Los
expertos de la UNESCO fueron claros: la ciudad poseía el centro histórico mejor
conservado y menos alterado de toda América Latina, y una unidad y armonía
entre la obra humana y la geografía andina sin equivalente en el continente.
Fundada en 1534 sobre las ruinas de una antigua ciudad inca, Quito había
sobrevivido terremotos, revoluciones y siglos de historia sin perder el alma de
su arquitectura colonial.
Las cifras son difíciles de creer hasta que uno las camina con sus propios pies: el centro histórico ocupa unas 320 hectáreas. En ese espacio conviven alrededor de 5.000 inmuebles patrimoniales inventariados, de los cuales más de 130 son monumentos histórico-artísticos de primer orden. Hay 40 iglesias, 16 conventos y monasterios, 13 plazas, 32 museos y 6 capillas. Por eso Quito ha sido llamada, con toda razón, el claustro de América.
¿Cómo fue posible tanta
riqueza en tan poco espacio? La respuesta está en la historia. Cuando Sebastián
de Benalcázar fundó la ciudad, la Corona española utilizó la evangelización
como herramienta de conquista, lo que se tradujo en la construcción masiva de
templos y conventos. Quito tenía además una ventaja única: era la capital
política y religiosa de la real Audiencia, lo que concentraba allí el dinero de
los encomenderos; estaba al pie del Pichincha, cuyas canteras ofrecían piedra
volcánica de altísima calidad; y contaba con artistas indígenas cuyo talento
dio origen a la que se considera la mayor escuela de arte colonial de América:
la célebre Escuela Quiteña.
Primera parada obligatoria: La Compañía, el templo de oro que lo va a dejar sin palabras
Cuando usted llegue a la Plaza de la Independencia —el corazón del centro histórico— solo tiene que caminar media cuadra para encontrarse de frente con algo que no esperaba: una fachada de piedra volcánica rojiza, labrada desde el suelo hasta la cima con una profusión de columnas salomónicas, santos en sus nichos, medallones, volutas y ornamentos que se acumulan de una manera que podría considerarse excesiva y que, sin embargo, es perfecta. Eso es La Compañía de Jesús. El padre jesuita viajero Bernardo Recio la llamó Ascua de oro. El embajador español Ernesto La Orden la describió, sin exageración posible, como el mejor templo jesuítico del mundo.
Los jesuitas llegaron a
Quito en 1586 y comenzaron a edificar su templo en 1605. Tardaron 160 años en
terminarlo —sí, 160 años; y en ese proceso se fueron superponiendo cuatro
estilos arquitectónicos distintos: el mudéjar, el churrigueresco, el neoclásico
y el barroco, que es el que domina y le da su carácter inimitable. Esa
superposición de siglos y estilos, lejos de crear confusión, genera una riqueza
visual que hace de la fachada una obra única en su género.
Pero espere a entrar.
El interior es todavía más impresionante. Casi en su totalidad cubierto con
láminas de oro, el templo despliega retablos, esculturas, pinturas y ornamentos
que hacen de la visita una experiencia casi irreal. En los pilares de la nave
cuelgan pinturas monumentales de los profetas y los reyes de Judá, obra de
Nicolás Javier Goríbar, discípulo del gran maestro Miguel de Santiago. La luz
entra filtrada por los vitrales, rebota en el oro de los muros y crea esa
atmósfera que lo ha hecho famoso también como el Templo de Salomón de América
del Sur. No se olvide de alzar la vista: el techo es, por sí solo, un viaje.
Consejo práctico: llegue temprano, cuando el templo abre, antes de que se llene de grupos. Párese frente a la fachada, cierre los ojos un instante y ábralos de golpe. El efecto es el que buscaban sus constructores: la impresión de que el cielo ha bajado a la tierra.
El
Convento de San Francisco: una ciudad dentro de la ciudad
A pocas cuadras de La
Compañía, en la plaza que lleva su nombre, usted se encontrará ante el conjunto
arquitectónico colonial de mayor dimensión de toda América. El Convento de San
Francisco ha sido llamado el Escorial del Nuevo Mundo, y no es hipérbole: sobre
tres hectáreas y media de superficie —el equivalente a varias manzanas del
centro capitalino—se levantan trece claustros, tres iglesias y un gran atrio,
sumando en total unos cuarenta mil metros cuadrados de edificación. Es,
literalmente, una ciudad dentro de la ciudad.
El terreno donde se
asienta fue, antes de la conquista española, el palacio real del Inca Huayna
Cápac. El Cabildo de Quito lo asignó a los franciscanos desde los primeros días
de la fundación de la ciudad, en 1534, y la construcción comenzó apenas un año
después. El impulsor fue fray Jodoco Ricke de Marselaer, un fraile flamenco de
talento excepcional que no solo dirigió la edificación del convento, sino que
fundó el primer colegio de artes del continente americano: el Colegio de San
Andrés, donde indígenas aprendieron a pintar, esculpir, leer, escribir y a tocar
instrumentos. De ese colegio nació la Escuela Quiteña.
Hoy el convento alberga
más de 3.500 obras de arte colonial y funciona como uno de los museos vivientes
más extraordinarios del continente. El historiador José María Vargas, en su
obra El Arte Ecuatoriano —texto fundamental de la historia cultural del
Ecuador, disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes— describe con
precisión cómo el complejo franciscano se convirtió en el centro neurálgico de
la producción artística colonial de toda la Audiencia de Quito.
Cuando suba la escalera
cóncavoconvexa que comunica la plaza con el atrio —considerada por sí sola una
de las obras arquitectónicas más importantes de la América colonial— deténgase
un momento. Mire el atrio. Esas piedras grises y silenciosas tienen un secreto
que le vamos a contar ahora.
La
leyenda de Cantuña: el indígena le ganó al mismísimo diablo
Ese atrio que usted
está mirando es el escenario de la primera leyenda del Ecuador, una historia
que lleva cinco siglos pasando de boca en boca y que dice más sobre el alma del
pueblo ecuatoriano que muchos libros de historia.
Cuenta la tradición que
en tiempos coloniales, los padres franciscanos encargaron a un indígena llamado
Francisco Cantuña la construcción del gran atrio. La condición era inflexible:
obra terminada en seis meses o la cárcel. Cantuña aceptó, puso a trabajar a sus
hombres, pero a medida que el plazo se acercaba era evidente que la obra no
estaría lista. La víspera del vencimiento, desesperado, Cantuña fue al atrio en
la oscuridad de la noche e invocó al que no debía invocar: se le apareció el
diablo.
El trato fue brutal y
sencillo: Lucifer y un ejército de diablos terminarían la construcción antes
del amanecer a cambio del alma de Cantuña. El indígena aceptó, pero impuso una
condición: que todas y cada una de las piedras fueran colocadas en su lugar.
Los diablos trabajaron con velocidad sobrenatural. Al alba, el atrio estaba (casi)
terminado. Fue entonces cuando Cantuña señaló que faltaba una piedra (que él
había escondido), una sola piedra.
"El trato fue
incumplido", le dijo al diablo con voz firme. "Me prometiste colocar
hasta la última piedra, y falta una." Lucifer, humillado y furioso,
regresó al infierno sin llevarse lo que vino a buscar. Cantuña salvó su alma
con una sola (y gracias a su viveza).
Los guías turísticos
del convento le mostrarán, en el atrio, el lugar donde esa piedra debería estar
y no está. Búsquelo usted mismo cuando visite San Francisco. Búsquelo con
calma, con ojos bien abiertos. Y cuando lo encuentre, piense en Cantuña: en ese
indígena quiteño que en el siglo XVII demostró que el ingenio del débil puede
más que el poder del más fuerte. Eso también es Quito.
El
Cristo de la Agonía: el cuadro más perturbador de la pintura colonial americana
Quito no solo invita a
contemplar belleza. También invita a adentrarse en sus sombras, y las sombras de
la Escuela Quiteña tienen un nombre: Miguel de Santiago. Nacido alrededor de
1620, nieto de indios, hijo de mestizos, autodidacta de talento descomunal,
Miguel de Santiago fue el pintor más grande que produjo la América española del
siglo XVII. Sus obras decoran las principales iglesias de Quito y el convento
de San Agustín, y su influencia sobre los artistas que vinieron después es
inconmensurable.
Pero a su nombre se
asocia también la leyenda más oscura y fascinante de la pintura colonial: la
del Cristo de la Agonía. Cuenta la tradición que el maestro, obsesionado con
plasmar sobre el lienzo la verdadera expresión del sufrimiento de Cristo, hizo
posar a uno de sus jóvenes discípulos atado a una cruz de madera. El muchacho
no lograba proyectar el dolor que el maestro buscaba, por lo que, en un
arrebato de locura creativa, Miguel de Santiago tomó una lanza y atravesó el
costado del joven. El discípulo murió. El cuadro quedó terminado. Era, según
quienes lo contemplaron, la obra más perfecta que pincel alguno había producido
en las Indias.
Acusado de homicidio,
Miguel de Santiago se refugió durante largo tiempo en el Convento de San
Agustín. Fue absuelto gracias al mérito extraordinario de su obra, pero la
leyenda añade que aquel fue su último cuadro: el trauma lo persiguió el resto
de su vida. Murió el 5 de enero de 1706 y su tumba quedó al pie del altar de
San Miguel, en la Capilla del Sagrario.
Hay historiadores que
cuestionan la veracidad del relato —investigadores señalan que Miguel de
Santiago fue, según los documentos, un hombre próspero y estimado, muy distinto
al asesino de la leyenda— y apuntan que la composición del Cristo de la Agonía
deriva de un grabado flamenco preexistente. Pero como ocurre con las grandes
leyendas, poco importa lo que digan los documentos cuando el relato ya ha
echado raíces en la memoria de un pueblo. Lo que no admite discusión es el
talento asombroso de un artista que nació sin privilegios y dejó al mundo
algunas de las pinturas más memorables de la historia del arte americano. Una
versión del Cristo de la Agonía se conserva en Lima. Otras obras de Santiago
pueden verse en los museos conventuales de Quito.
¿Y
entonces?: … Haga maletas
Ya sabe que Quito está
a pocas horas de vuelo desde Santo Domingo o Santiago. Ya sabe que es una
ciudad encajonada en los Andes, que tiene el centro histórico colonial más
imponente de América Latina, que la UNESCO la eligió Patrimonio de la Humanidad
antes que a cualquier otra ciudad de nuestra región, que tiene 40 iglesias y 16
conventos apretados en 320 hectáreas, que uno de sus templos está forrado en
oro y que en el atrio del convento más grande del continente hay una piedra que
falta desde que un indígena llamado Cantuña la escondió para no perder el alma.
Ya sabe también que hay
un cuadro que se llama el Cristo de la Agonía y que detrás de él hay una
historia que lo va a seguir pensando cuando regrese a la República Dominicana;
ya sabe que el aire de Quito se bebe a sorbos y que el sol de los Andes tiene
una calidad distinta, una claridad distinta a la del nivel del mar.
Lo que no sabe todavía
—porque esto no se puede explicar, solo se puede vivir— es la sensación de
pararse en la Plaza de San Francisco temprano en la mañana -cuando la ciudad
todavía está fría, las palomas cruzan el atrio con pereza y las campanas de
alguna iglesia suenan en algún lugar del centro histórico- mirar hacia arriba y
ver el Pichincha recortado contra ese cielo azul imposible y entiende, de
repente, por qué la gente que viene a Quito siempre quiere volver.
Quito lo espera. Y eso, estimado lector dominicano, es una invitación que no debería rechazar.
DATOS PARA EL VIAJERO |
Vuelosdesde Santo Domingo y desde Santiago a través de Panamá y Bogotá. El
centro histórico es recorrible a pie. Se recomienda llevar ropa de abrigo
ligero para las mañanas andinas (temperatura promedio 14°C). Temporada alta:
junio-agosto y diciembre-enero. El ingreso al Convento de San Francisco y La
Compañía tiene costo de entrada que se puede adquirir en ventanilla o en línea.
Embajada del Ecuador en la República Dominicana - Fuentes: El Arte Ecuatoriano, José María Vargas O.P. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes / Biblioteca Ecuatoriana Mínima); Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador; Empresa Pública Metropolitana de Gestión de Destino Turístico de Quito; UNESCO / Centro Mundial de Patrimonio.










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